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Dios desde la subjetividad

por: Conferencia de Gustavo Falavigna en Galileo

Dios desde la subjetividad

Gustavo Falavigna

Había una vez…

Había una vez una comunidad de monos que osaron dejar de caminar en cuatro patas y tímidamente se pusieron de pié sobre sus enclenques y poco desarrolladas extremidades inferiores, que por soportar el peso de todo el cuerpo, se hicieron más largas y más fuertes que las superiores, las cuales quedaron absolutamente libres para otros delicados menesteres.

Mantenerlas libres tenía su ventaja, sobretodo a la hora de comer. Antes era bastante incómodo morder a fondo y arrancar un buen trozo de carne de algún animal recién cazado, aunque estos monos tuvieran una hermosa y estirada mandíbula con poderosos dientes.

En cambio, al caminar erguidos y adquiriendo mayores destrezas con manos y brazos, a estos monos se les achicó la mandíbula y ese espacio sobrante en la cabeza fue ocupándose con un importante crecimiento del cerebro.

Al tener más sustancia gris en la corteza cerebral se podía pensar mejor y sacar conclusiones para aliviar el esfuerzo físico que implicaba vivir. Parece que esa energía que se ahorraron en satisfacer necesidades básicas la comenzaron a emplear en organizarse como grupo distribuyendo responsabilidades y derechos.

Por supuesto, que un mono muy hermoso, muy fuerte y muy buen luchador, se erigió en jefe o mono dominante para liderar, organizar y conducir al grupo hacia el cumplimiento de nuevas metas. A mayores responsabilidades que él asumía, mayores derechos acumulaba, algunos de ellos no muy justos. Por ejemplo, todas las hembras serían para él y los mejores manjares también.

Esto provocó en los machos jóvenes un malestar, mezcla de frustración y de injusticia, agravado por algunas cuestiones hormonales, que seguramente influyeron aunque ellos no lo supieran.

Pero el gran mono jefe hacía valer su predominio y también les proveía todo lo necesario para seguir en el grupo y poder crecer amparados por él.

Los monos jóvenes y los nuevos hijos incrementaron el nivel de disconformidad con las leyes cada vez más estrictas que despertaron deseos de violencia y de venganza por las terribles privaciones. El paso del tiempo hizo lo suyo, entre otras cosas, ir envejeciendo al Jefe.

Alguna vez cuando los jóvenes, amenazados de destierro, ya no dieron más, y confiando en sus fuerzas y en la alianza con los otros desconformes, decidieron atacar al mono padre, jefe, patrón y tirano con toda la bronca acumulada, y armados de palos y piedras, le pegaron, lo patearon, lo vencieron, no sin esfuerzo pero sí con mucha saña, hasta asesinarlo.

Al verlo muerto y derrotado decidieron devorarlo con la expectativa de incorporar y hacer suyos todos sus atributos físicos, su carácter dominante, su capacidad de liderazgo, su fortaleza y su capacidad sexual.

A los huesos los enterraron para asegurarse que no quedara ni rastro del temible mono padre.

Enardecidos por la lucha, el crimen y arrebatados por el cambio de situación, buscaron a las hembras, convocaron a toda la tribu y comenzó entonces una gran fiesta, donde todo lo que antes era prohibido, ahora estaba permitido.

Según parece, esta fue la primer gran orgía de la historia. Se comieron todo, se tomaron todo y transgredieron todo. Y durmieron la mona…

Cuando despertaron desacostumbrados a tantos excesos, se sintieron descompuestos.

Vómitos, cólicos y diarreas les hicieron pensar que “Ese” que se habían comido estaba tomando medidas contra ellos y se asustaron mucho, pues era como tener un enemigo interno.

Para colmo, algunos extrañaban a su padre, otros comenzaron a decir que no era tan malo, que les había dado mucho en la vida, la posibilidad de crecer, algunos cuidados cuando eran pequeños, algunas comidas. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué castigo nos propinará desde el interior de nuestro cuerpo? ¿Cómo calmar su ira y como evitar su venganza?

Algunos muy preocupados reflexionaron mucho y, quizás en algo agradecidos, propusieron esta solución: “Le hagamos un homenaje”. Construyeron una hermosa estatua que lo representaba con la cabeza y la forma de algún animal que el difunto apreciaba. A partir de allí ese animal no podía ser cazado ni comido para no estimular las desgracias y los castigos. Ese totem fue colocado en un lugar de la comarca bien a la vista de todos y cada vez que alguno pasaba por allí le pedía perdón por la gran falta cometida y también pedía bienaventuranzas para el futuro.

Después de todo este caos, uno de los revolucionarios se erigió en gobernante adjudicándose una autoridad devenida del mundo invisible, o sea de la divinidad del totem.

Las normas y castigos que se dictasen con anuencia divina pasarían a organizar y a prevenir el caos reinante y a esto se le llamaría la “instauración de la Ley”.

El lugar donde se levantó el monumento era un espacio en donde se conectaba lo visible con lo invisible, lo natural con lo sobrenatural… tenía un clima especial, misterioso, que era aún más percibido por aquellos que más habían transgredido…

El espíritu del Gran Mono Jefe allá en el cielo pasó a llamarse Dios si se lo esperaba protector y Espíritu del mal, si se lo esperaba vengativo.

Todos los intentos de “religarse” y congraciarse con el Dios-padre-jefe fueron los ruegos y ceremonias basados en la creencia para agradarlo y a eso se le llamó Religión.

La zona en la que se erigió el totem fue considerada un lugar sagrado, o sea un lugar a respetar.

Los cuidadores y administradores de ese lugar sagrado se llamaron sacerdotes y debieron organizar el Templo. Todo lo que formaba parte de la administración de este Templo tan especial y nuevo se llamó Iglesia.

El totem fue la primera obra de arte sacro que en su significado creativo expresaba las emociones polivalentes y ambivalentes de toda la tribu, su fidelidad, su arrepentimiento por lo malhecho, la súplica de perdón y la esperanza de una vida mejor.

La palabra polinésica “tabú” encierra una compleja significación: es lo más sagrado e intocable por un lado y lo prohibido e impuro por el otro. Simboliza el carácter maligno de lo sagrado, considerado desde una perspectiva mágico-religiosa y se fundamenta en el temor reverencial a una fuerza sobrenatural que impone terribles castigos al infractor.

Tótem, tabú y exogamia son tres fenómenos que aparecen inextricablemente, entrelazados en muchas sociedades, por lo que fueron agrupados dentro del concepto más general del totemismo, llegando a crear complejos sistemas que englobaban símbolos, prohibiciones, relaciones mágico-religiosas, modalidades matrimoniales y otras muchas manifestaciones culturales.

Cada integrante de la tribu, en mayor o menor medida, comenzó a percibir tres dimensiones en su diario vivir que complejizaban el sentido dado a su propia vida: una fue la dimensión del mundo externo considerado real o visible, otra la dimensión del mundo interno, sentido en el cuerpo, emocional, reflexivo, y una tercera dimensión, la del mundo invisible, poblado de seres fantasmales y superiores.

Desde entonces vivir es pasar diariamente por las burbujas de esas tres dimensiones, de esos tres mundos que están en constante interrelación.

El hombre de Neanderthal, el primero de los especímenes de gran cerebro, al parecer aporta al proceso general del desarrollo humano una serie de modificaciones tales como: la conciencia de sí, la conciencia de tiempo y la conciencia de una vida en el más allá, tal como lo revela la existencia de la sepultura.

Dicho registro implica la percepción de la muerte, ya no como la mera cesación de la vida, sino como una experiencia de pasaje, como una instancia de cambio, ya que sugiere la presencia del muerto "en otra existencia" e impone la imagen "de otro lugar sobrenatural" y, eventualmente, de otra vida.

Ritualidad y pensamiento mágico se potencian en mundo interno y en mundo externo, o sea en el individuo y en la sociedad.

La cultura deviene actor principal de la evolución hominizadora, incluidos los aspectos biológicos.

La estrecha asociación de hominización con cerebralización estriba en que afecta tanto a los parámetros genéticos de la especie como a la naturaleza social de la cultura y a la condición afectiva e intelectual del individuo.

Cerebralización y socialización permitirán que el individuo adquiera una emotividad y una sensibilidad crecientes, que sin duda se desarrolla tanto para el amor como para el odio, para el placer como para el dolor e incluso para el propio registro del sentido que se le va dando tanto a la vida como a la muerte.

Cerebralización y hominización han implicado que lo instintivo vaya siendo controlado, inhibido o casi eliminado en beneficio del simultáneo despliegue de nuevas aptitudes.

El sapiens va llegando a ser socius, faber y loquens: socio, por su necesiidad de asociarse, faber por su capacidad de construir y locuaz cuando empieza a comunicarse con el lenguaje. Además tiene su gran posibilidad de alegría, tristeza y capacidad de goce, sumado a un incremento de su inteligencia, una intensa erupción psico-afectiva que puede alcanzar la desmesura y que presenta un notorio desbordamiento del onirismo, la eroticidad, la afectividad y la violencia.

El sapiens es un loco-cuerdo que no puede deslindar la fascinación de lo imaginario, las fabulaciones mitológico-mágicas, las confusiones generadas por la subjetividad, los errores y la proliferación del desorden que lo hacen asimismo “demens”.

La creatividad, la originalidad y la eminencia del homo sapiens tienen el mismo origen que el desajuste, el vagabundeo y el desorden del homo demens: el progresivo aumento de complejidad que aporta un cerebro que crece.

Plotino decía: El ser humano se halla a medio camino entre los dioses y las bestias

La concepción del cerebro trino, propuesta por McLean a mediados de los años 70, considera al cerebro como conformado por tres estratos, a saber: el reptiliano, el de los mamíferos y el de los humanos.

Tenemos desde la etología, en el tronco cerebral o paleocéfalo, el asiento de una impulsividad reptiliana, herencia dejada a los mamíferos por los reptiles y vinculada a la nutrición, la reproducción, la depredación y a la marca de la territorialidad. El cerebro de los reptiles no maneja la noción de paternidad, por lo tanto es el que busca a todas las hembras para si, incluso a sus hijas, como el macho jefe. Es el que destierra o aleja a los machos jóvenes aunque pueda proponerles el uso de palos para la caza cooperativa. Incipientemente ensaya el bipedismo, la reacción impulsiva instantánea, el golpe certero para cazar una presa, la frialdad tras el conseguir el objetivo. Hoy en el hombre civilizado este cerebro reptiliano funciona en los agresores sexuales, en las peleas callejeras de las patotas y en algunos que quieren ascender en las empresas…

El cerebro de los mamíferos incorpora el sistema límbico, hipotálamo y mesencéfalo. La “subjetividad” de los mamíferos agrega el mundo de la afectividad, de las emociones intensas, el apego, el acercamiento, el miedo, la hilaridad, la ansiedad, la vida social y gregaria, el altruismo, la capacidad de la madre de dar la vida por sus hijos o la de los machos jóvenes de darla por el grupo-patria en la guerra. También la “subjetividad mamífera” dispone el odio al extranjero, al animal ajeno al rebaño, a lo extraño, a la diferencia étnica o racismo y a la desconfianza temerosa por lo “nuevo” o desconocido...

El cerebro del sapiens-sapiens es el neocéfalo, propio de los mamíferos superiores y primates, pero coronado por la enorme masa neocortical de la corteza cerebral, base del acceso a las operaciones lógicas. Es el desarrollo del cerebro anterior, el llamado neocortex, la materia gris, el que hace a lo que es propio del hombre: en el orden del conocimiento, con su capacidad de autoconciencia, de anticipación, de iniciativa, de hiato o de espera entre estímulo y respuesta, de lenguaje, de cálculo, de pensamiento y en el orden del apetito, con el poder de fijarse propósitos libremente. Con una magna capacidad de apertura a deseos ilimitados, a bienes estéticos, a capitales abstractos y que se va haciendo conciente de su propia subjetividad.

Al hablar del cerebro trino me surge una frase de Shakespeare en “Macbeth”: ¿Cuándo volveremos a reunirnos los tres?

Pero volvamos al vínculo de este mono hominizado con su Dios y tomemos, según Paul Ricoeur, dos temas claves en esto de la Religión: la acusación y el consuelo. Equivalen desde el mas arcaico temor al castigo como al también arcaico deseo de ser protegido. Ambos tienen la finalidad de rellenar un vacío, una falta, una ausencia, una pérdida. Dios así amenaza y reconforta.

¿Qué es la subjetividad?

La subjetividad hace referencia a las interpretaciones y sentires que todo ser humano realiza sobre cualquier aspecto de su experiencia. De esta forma el sujeto elabora opiniones propias, o sea opiniones subjetivas, que están configuradas por todos los hechos vividos.

Si las subjetividades son formas de ser y estar en el mundo, sus contornos son elásticos y cambian al amparo de las diversas tradiciones culturales. De modo que la subjetividad no es algo vagamente inmaterial que reside “dentro” de cada uno de nosotros.

Asi como la subjetividad es “encarnada” en un cuerpo, también es siempre “embebida” en una cultura intersubjetiva. O sea somos resultantes de la interacción de nuestra psico génesis y de nuestra sociogénesis.

La subjetividad del Romanticismo es la subjetividad de la interioridad sacra, la subjetividad de la persona con alma proveniente de Dios o de la energía de la madre naturaleza asentada en el centro del pecho en la zona del corazón.

La subjetividad del hombre moderno es la subjetividad de la máquina paradigma dominante que nos vuelve fríos, razonadores, calculadores y desconfiados de las pasiones románticas.

Desde hace 20 años las tecnologías digitales van generando otras “sociedades de control” a través de los flujos financieros globales, de los massmedias, la globalización, la publicidad y las redes virtuales (Facebook).

Se percibe un desplazamiento de aquella subjetividad “interiorizada” hacia una subjetividad epidérmica, porque es un tipo de personalidad que se exhibe en la piel de los cuerpos y de las pantallas de los massmedias. Son nuevas formas de autoconstrucción de personalidades alterdirigidas y no más introdirigidas… porque están orientadas hacia la mirada ajena…

Si soy un ser humano finito, naceré y moriré en cierto punto de la historia. ¿Es posible entonces que sea portador de saber absoluto?

Además, no es lo mismo la subjetividad del niño ni la del adulto y menos aún el cómo puedan ambos relacionarse con la idea de Padre en la familia y Dios Padre en las religiones.-

¿Cómo es el Dios del niño?

Según Carlos Domínguez Morano, cuando Dios surge como figuración de un padre poderoso que nos defiende de los peligros y amenazas, se reactivan en nosotros la primitiva indefensión infantil y con ella la necesidad de protección que tuvimos de nuestros progenitores.

La paternidad de Dios es el núcleo más radical y significativo del sistema de creencias del mensaje religioso hasta el Concilio Vaticano II..

Desde el mensaje psicológico, también la paternidad es el núcleo decisivo del proceso de construcción del sujeto humano. El “nombre-del-padre” se presenta como una palabra que ha de quedar inscripta en el inconsciente del sujeto para que éste pueda llegar a constituirse como tal.

Para todo niño en algún lugar existe el “todo poder”, el “todo saber” y la inmortalidad sin límite. Generalmente su “héroe omnipotente” debe ser un adulto, clásicamente el padre que todo lo puede. Freud planteaba que la figura idealizada del padre era transferida a Dios y esto era leído como la omnipotencia infantil jugando en el corazón de la ilusión religiosa.

El Dios del niño premia y castiga. El Dios del niño tiene la explicación omniciente para explicar todos los misterios, enigmas y temores que la vida nos plantea.

La imagen de Dios se reactivaría como un gran padre protector y proveedor frente a la dureza de la vida: frustraciones, sufrimientos, enfermedades, muertes, riesgos de la naturaleza y decepciones profundas en el vínculo con los otros. Nos dirigimos al Cielo cuando estamos en las malas y pedimos: !Que pase de mi este Cáliz!

Esos son los momentos que aflora nuestro niño asustado y dependiente buscando padre que asegure supervivencia y este padre puede premiar o castigar de acuerdo a como el niño se haya comportado. Si el niño proyecta en ese Dios toda su capacidad de omnipotencia infantil ese Dios enojado lo reduce a la impotencia, a la dependencia y a la nada. En el seno de esta fantasía comienza a aparecer una profunda conflictividad que nos acerca a la violencia y a la muerte. Si mi padre no me dá lo que pido me enojo con él. En cambio si ese Dios me ama yo estoy asegurado y protegido.

El niño relacionado con ese padre que lo puede todo se vuelve ambivalente. Si el niño se descubre con sus malos pensamientos debe reconocer su culpa y pagarla con algún sacrificio. La función paterna pone las reglas pero también pone los límites e incrementa la ambivalencia del hijo. Esa ambivalencia tan habitual con el padre terrenal se alivia proyectando el conflicto en la relación con Dios polarizando lo bueno y lo malo.

El niño ambivalente puede sentir: Te admiro porque eres grande como me gustaría ser a mi, pero te odio porque el grande eres tu y yo sigo sometido a la fragilidad y a la impotencia.

Cuando el niño toma conciencia de su “no tener” y de su “no ser”, allí desata su necesidad del “otro con minúscula”, el par, su par, semejante pero diferente para aprender a hermanarse y a democratizarse.

O sea, el niño renuncia a buscar en el “Otro con mayúscula” para comenzar a buscar entre los humanos renunciando a la fantasía omnipotente, a lo  imposible, y encontrando al hermano o a ese “otro real y verificable”. Por eso un padre debe arrancar a un hijo de las polleras maternas porque así le ayuda a salir de la confusión paradisíaca y lo configura en la realidad cotidiana.

Frente al padre imaginario engrandecido, al que se supone como detentador de la plenitud del saber, de la felicidad y de la misma inmortalidad, surge la ambivalencia y con ella la culpabilidad y la necesidad de reparación. Trasladada esta dinámica a las relaciones con Dios, encontramos al padre que, ofendido, exige una expiación, que en recta lógica como lo denunció Freud, no puede ser otra que la muerte sacrificial del Hijo. Jesús fue un hijo de Dios que tuvo que pagar la culpa de todos con el sacrificio y la entrega de su propia vida.

Sacrificio que limpia la culpa, teología de la sangre que expía el pecado.

Los componentes humanos de la paternidad se juegan en las funciones básicas de constituirse para el hijo en ley, modelo y promesa tanto para el padre familiar cuanto para el Dios padre. Ambas dimensiones vinculares tienen en la “Palabra” o en el “Diálogo íntimo” una clave básica.

La palabra une lo visible con lo invisible. Un padre que ama a su hijo y le habla educando, explicando, dándose a conocer, vinculándose afectivamente, mostrando aquello que le gusta o le disgusta es un padre que instaura una filiación en la familia mas allá de la violencia, de la distancia y de la rebelión.

“Sed misericordioso como vuestro padre celestial es misericordioso” (Lc.6,36)

Hoy la idea de Dios contemporánea no pasa por un Dios omnipotente que acumula poder, riquezas, prestigio y que lleva a sus hijos a identificarse como poderosos, sino que pide a sus hijos identificarse en la conquista de la misericordia, que no distingue siquiera entre los que la merecen o no y que se propone como apertura radical a todo otro, a toda alteridad por encima de cualquier tentación de narcisismo o de violencia.

Cuando hablamos de una alteridad por encima de narcicismos y de violencias tenemos que hablar de Jesús ese Jesús que instaura el Reino de Dios con su sacrificio.

Pero… ¿Qué tipo de Dios es Jesús?

Jesús no es... el Dios que se esperaba, no es el Dios que exigiría el niño, no es el Dios que explicaría el mundo con una respuesta para cada problema que plantea la existencia. Jesús no es un Dios que viene como el omnipotente y el omnisciente que imagina el deseo infantil.

En cambio Jesús es un Dios que dice “hágase tu voluntad y no la mía”.

Es un Dios que clama “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Es un Dios que exige el respeto a su libertad, ya que sólo así somos fieles a la nuestra.

Es un Dios que como lo recalca Francoise Doltó es el Jesús que ya en su adolescencia, al perderse en el Templo supo “castrar” el deseo posesivo de sus padres terrenales María y José para manifestar su única dependencia, la del Padre del Cielo.

Es un Dios que no desconoce la muerte (el Dios del niño la niega).

Es un Dios que nos pide: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que los persiguen. Así sereis hijos de vuestro Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos.” (Mateo 5, 43-38)

Un Dios que aparece como “Principio de Realidad” que se revela como palabra de un Otro que cuestiona al deseo egoísta, como alteridad que se abre al intercambio.

El objeto mental Dios se configura pues a partir de los elementos más determinantes de nuestra afectividad.

Esto vale para individuos y colectividades.

La Iglesia contra Cristo

La Cristiandad nace con el emperador Constantino en el siglo V d.C. al ser considerada religión oficial del Imperio Romano. Esto acabó con 3 siglos de persecusiones a los cristianos. Esta religión oficial afianzó su reciente alianza con el Estado y con la sociedad, y esto permitió 15 siglos de leyes basadas en supuestos cristianos para un pueblo cristiano.

Dostoyevski en “El gran Inquisidor” decía:

“Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres impotentes e indómitos, y hacerlos felices: el milagro, el misterio y la autoridad”.”

La unión de la Iglesia y el Imperio Romano, o más ampliamente la cultura patriarcal–occidental conjugó los tres poderes identificados por Dostoyevski, ya que al milagro y al misterio unió la autoridad del Estado.

La difusión de la cultura cristiana consolidó el poder de la Iglesia y creó el imperio del Dios Eclesiástico con la exaltación de una Iglesia triunfadora, la Iglesia del Dios Estado. Si observamos un poco, nos daremos cuenta que casi todas las formas de autoritarismos están basadas en premisas de naturaleza metafísica. Cuando le explicaron al presidente Bush que los riesgos en la guerra de Irak eran demasiado grandes el respondió: “Pero esa gente es terrorista”

Las Iglesias monoteístas fueron las primeras entidades globalizadoras de sus contenidos que se extendieron a casi todos los confines lejanos del Orbe.

Hay una ambigüedad en la historia de las religiones monoteístas pues tuvieron aspiraciones expansionistas, globalizadoras, trans-étnicas para hacer conocer su mensaje evangelizador pero una praxis en las que no triunfó ni mucho menos, el reconocimiento y el respeto del Otro en su Otredad.

La gloria de esta iglesia por lo tanto desvirtuaba el mensaje de Cristo: los perseguidos se convertían en perseguidores y los esclavos en señores. La esperanza de hermandad con el otro queda destruída cuando quedamos divididos en católicos, protestantes, judíos, islamitas, ateos o herejes.

Uno nacía entonces en la “Iglesia oficial”, engendraba hijos y los educaba en el espíritu de la religión en la que había crecido y vivía según las pautas de esa religión.

También uno iba a la guerra con armas bendecidas por esa religión en la que había crecido aunque en las filas enemigas lucharan también soldados de la misma Fe que se profesaba.

Parece un pacto con el diablo, ¿verdad?

Marx, Freud y Nietzcshe atacaron este punto degradante de esa Religión prohibición, acusación, castigo y condena que condujo a posiciones nihilistas no inventadas sólo por Nietzcshe sino por una Metafísica que planteaba un ideal y una valoración de lo sobrenatural que sólo expresaba desprecio por la vida en la tierra, odio por el vigor de los instintos y resentimiento de los débiles por los fuertes y esta fue una grieta profunda en las iglesias triunfadoras y arrolladoras.

El ateísmo nos propuso independencia de la metafísica, de la sumisión a iglesias que prometían gangas en el cielo y que se negaban a dialogar con los prójimos diferentes en la tierra..

El ateismo significó la destrucción del Dios como acusación. El ateismo logra una acusación de la acusación metafísica pero su avance y el fracaso de las iglesias puede también ser leído como una invitación al cambio, al diálogo verdadero con respeto y escucha incluída desde la humildad y la ética.

Para Freud la religión no debe ser el foco de la sanción absoluta de conciencia sino una compensación por la dureza de la vida; en ese sentido la religión es la función más alta de la cultura. Su tarea debe ser enseñarle al hombre a vivir en sociedad.

La nueva cara de la religión vuelve hacia el individuo y ya no la cara de la prohibición sino la de la protección.

El 8 de abril de 1966 la portada de la Revista Time preguntaba: “¿Ha muerto Dios?”

Tras su publicación, se convirtió en el número más vendido de la historia de esa revista. Descubrió al gran público un movimiento filosófico que estaba abriéndose paso: la filosofía de la razón y la profunda crisis de las religiones monoteístas, acompañadas de las desilusionantes experiencias bélicas mundiales, genocidios y bombardeos nucleares ocurridos en la Modernidad.

Aunque las preocupaciones de las teologías posmodernas ya no se centren en la Muerte de Dios, sin embargo esa frase todavía nos interpela y tiene su correlación psicológica con la filosofía de la deconstrucción.

La onda expansiva del Dios Eclesiástico colapsó en los finales de la era Moderna. Muchos de los rasgos de la cultura actual son expresión, entre otros factores, de la realización de ideales progresistas de los años setenta, del desarrollo de la ciencia y de la técnica, de las políticas de izquierda, del feminismo, del psicoanálisis pero repito, también de la política imperialista e intolerante de las iglesias monoteístas.

La Posmodernidad pretende ser una modenidad sin ilusiones pero ha generado una situación desilusionada y desconfiada respecto a cualquier proyecto de tipo colectivo que pretenda aglutinar voluntades.

La alteridad está difuminada y nos hemos desencantado de las promesas de las “Grandes Palabras modernas”: razón, progreso, revolución, democracia, liberación, izquierda, derecha, compromiso, etc.

La Posmodernidad implicó la caída de los patriarcas autoritarios y las crisis de Instituciones Patriarcales tales como la Iglesia, la Justicia, el Estado, las Fuerzas Armadas, la Policía, la Escuela y hasta la Familia entró en desorden.

Las transformaciones del capitalismo y del comunismo derivaron en el pasaje a la “Era de la Información” y a la “Globalización Financiera”. 

La cultura posmoderna ha sido bien calificada como una «cultura de masas», porque se trata de una cultura generada en gran parte por los medios de comunicación masiva y a partir de los valores propios de las nuevas clases medias

Muchos nos inquietamos frente a los cambios, porque muchos de los valores de la cultura actual como nuevas actitudes sobre amor, pareja, familia, éxito, fama, espectáculo de masas, estética popular, sexo son dictados por los nuevos productores de cultura masiva: la informática, las redes sociales, la TV, el cine, los videos y sobre todo, la publicidad.

Todos recurren a ella, los políticos, las empresas, los gobiernos, las religiones, las instituciones educativas, etc. Y no se recurre para difundir ideales,  propagar ideas o debatir conceptos sino para generar consumo a través de las imágenes publicitarias.

Después de la muerte del Dios Eclesiástico.-

La revolución de las tecnologías de la información y la reestructuración del capitalismo han inducido una nueva forma de sociedad, la “Sociedad en red”, que se caracteriza por la globalización de las actividades económicas, por su forma de organización en redes, por la flexibilidad e inestabilidad del trabajo y por la virtualidad de los vínculos. Uso virtualidad como opuesto a materialidad.

Una nueva subjetividad acompaña estas transformaciones: los sentimientos tradicionales del apego a lo familiar, la amistad del vecindario, el pueblo, la familia, el compañero de trabajo, se encuentran desplazados por sentimientos más inmediatos de relaciones rápidas y fugaces en el anonimato de la ciudad, el consorcio o la gran empresa.

¿Habrá también una nueva forma de relación con Dios?

Debemos ser conscientes, de que junto a esta nueva sensibilidad humana está despuntando un nuevo modo de relación entre las personas. En ese sentido creo que es válido pensar que asistimos al despunte de una nueva época en la historia de la humanidad.

Una Teología del Dios personal.-

John Milton en ”El paraíso perdido” decía: “Entonces no te sentirás perdido al tener que abandonar este paraíso, sino que poseerás un paraíso dentro de ti, mucho más dichoso… Cogidos de la mano, lentamente y con paso vacilante, salieron del Edén y emprendieron su solitario camino”

No hay un modelo convencional de relación con la religión.

Individualización religiosa y pertenencia comprometida a una iglesia no se excluyen entre si, ya que pueden complementarse. La individualización excluye todo dogma que pretenda ser indiscutible, sin dudas, ni reflexiones periféricas.

Hace un siglo Dostoyevski decía: “Si me viese forzado a elegir entre Cristo y la verdad, elegiría a Cristo”. La verdad que nos hará libres es verdadera, precisamente, porque nos libera .

Se acabaron los tiempos de la verdad Única en ciencia y en religión. En lugar de la verdad pongamos el valor de la caridad y del amor al prójimo.

Si leemos atentamente los Evangelios nos daremos cuenta que la única virtud que siempre queda en pié es la del “caritas”, término que se refiere a la gracia y al amor, a la generosidad de espíritu y al acto de entregarse, en el que se inspira la auténtica caridad.

Una Teología del Dios personal tendría que centrarse tanto en la conexión entre el saber del yo humano, el amor al Otro y el amor a Dios.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo” es un hermoso mandato que podríamos reformular con un “Amate a ti mismo para poder amar a tu prójimo, el otro”

¿Qué otro?

Aquel otro que crea en lo que yo creo.

Aquel otro que tuviere la misma religión, pero con algunas salvedades o matices.

Todo prójimo que tuviere otra religión distinta a la mía..

Aquel otro que no creyese en nada.

El otro hereje. El otro vecino. El otro enemigo.

El Dios personal sólo puede practicarse, vivirse, esperarse, actualizarse, si Dios se convierte en algo personal o sea si lo religioso además de estar en el  espacio público puede volverse hacia el mundo interior.

Virginia Woolf nos proponía:

 “Quién puede cerrar la puerta tiene la posibilidad de infrigir y abandonar convenciones. Una cerradura en la puerta significa desarrollar pensamientos propios”,

El Dios personal podría ser la visión religiosa de la vida personal, del espacio personal, del punto íntimo adonde se juntan dos infinitos que transcurren y se pierden uno hacia adentro (mundo interno reflexivo) y otro hacia afuera (mundo externo).

El Dios personal es Diálogo íntimo conmigo mismo y con el prójimo o si lo necesito con Dios…

Es dialogar con uno mismo para poder dialogar con el otro.

El yo reflexivo es el detective de si mismo que no puede parar de inquirir en una reflexión de la propia vida y después comunicarla.

El Dios personal es una creencia en la que el hombre es al mismo tiempo creyente y Dios. San Agustín nos dice “in interiore homine habitat veritas” (La verdad habita en el interior del hombre”)

Quien reflexiona sobre religión en este horizonte conceptual reflexiona sobre si mismo y se conecta con su subjetividad

. En vez de aplicar la mano dura de la autoridad de la iglesia para reforzar la cohesión doctrinal quemándolos en la hoguera, hoy invitaríamos a los que piensen distinto y a los disconformes a dialogar sobre las discrepancias y a reflexionar más sobre la diferencia…

Para John Locke en “Carta para la tolerancia” subyace una profunda convicción protestante: la verdadera religión es interior, consiste en la fé, en la convicción, pues la soberanía de la subjetividad en materia de fé es el pilar fundamental de todas las religiones. Locke nos dice “Cree en lo que quieras pero no se lo machaques a los demás”

En la pugna por la “vida personal” y el “espacio personal” uno se provee de independencia para relajarse, para hacer un poco de pereza, para reconcentrarse, para leer lecturas incluso prohibidas, para preguntarse cosas, aprovechando la ocasión que brinda el no ser interrumpido, para ponerse a prueba y dejar que el alma viaje a la búsqueda del Dios personal.

Si el Verbo se hizo carne está entonces en esa persona que decide, cree y duda  convirtiéndose en iglesia, en guardián de la Fe y en interlocutor de Dios.

¿Qué es lo personal del Dios personal?

El Dios personal implica decir muchos “No”:

No a una marca en el orillo o a un sello en la frente: creyente, ateo o hereje.

No a una convención que favorezca a la doble moral que cuida apariencias.

El Dios personal no es un Dios Todopoderoso, es el Dios que necesita a los seres humanos, el que los ha creado porque quería ser reconocido por ellos.

Individualización religiosa y pertenencia comprometida a una Iglesia no se excluyen entre si, mas bien pueden complementarse.

Aparece un Dios personal en las Confesiones de Santo Tomás y en la confesión de la Madre Teresa de Calcuta de haber estado a punto de caer en la desesperación por el silencio de Dios, cuando se atraviesan desiertos de fé interiores.

Las religiones institucionalizadas mucho han mostrado de su actitud belicosa abriendo profundos abismos entre fieles e infieles, no pudiendo convivir en paz.

El mundo actual sólo tiene alguna oportunidad si las religiones del “Dios único” se autocivilizan, abjurando de la violencia y abriéndose al principio de la tolerancia interreligiosa y comprometiéndose con él.

Lo de interrreligioso significa lo “Ecuménico”.

Un desafío actual en la temática de la salvación del alma de la humanidad aquí y en el más allá es que se produzca una movilización imaginativa, una transformación profunda de individuos y sociedades capaces de hacer caer las fronteras entre personas y entre culturas.

Todos somos hijos de Dios. Los infieles también. Al decir esto apunto a evidenciar la ambivalencia subjetiva en la que hemos estado inscriptos desde la aceptación del Dios Eclesiástico. Esa ambivalencia nos hace pendular entre la tolerancia y la violencia para con el Otro que puede terminar siendo no respetado.

A quien decidía creer se le prometía la salvación. Por el contrario, a quien no podía creer le cabía la condenación.

Allí florecen todas las categorías de infrahumanos con sus respectivas etiquetas: hereje, apóstata, pagano, heterodoxo, supersticioso, idólatra, irreverente.

Es decir: la diferencia entre Nosotros y el Otro se funde con la diferencia entre el bien y el mal que induce a trabar con el Otro una relación de inclusión o de exclusión.

Quien etiqueta a personas, grupos, culturas, religiones, de “buenas” o “malas”, abre nuevos abismos en la sociedad civil global y crea una insalvable diferencia entre ser humano y ser inhumano. El mal se extiende como ausencia, como manifestación de la ausencia de Dios. Es más, hablar del Mal incluso cuestiona la humanidad del otro.

La cara oscura del universalismo cristiano fue el Colonialismo destruyendo la cosmología, los valores y los rituales religiosos de los infieles colonizados y una violencia y una crueldad inconcebibles para aquellos, que no pudiendo ser cristianos, eran transformados en esclavos. Fe y esclavitud globalizadas al unísono en América, en las Cruzadas, en la Alemania nazi, etc.

En la sociedad cosmopolita o ecuménica de la posmodernidad algunos rasgos esperanzadores se vislumbran en estos posibles postulados:

-Se está incrementando la interdependencia de personas y pueblos en todo el planeta.

-Hay nuevos perfiles de riesgos globales: cambio climático, crisis financieras globales, guerras, delitos organizados, terrorismo a escala global que nos espantan pero que favorecen la necesidad de agruparnos.

-Se tiene mas conciencia de las grandes desigualdades existentes en la aldea  global.

-La nuevas organizaciones supranacionales en los ámbitos de la economía transnacional, de la política y de la sociedad civil como Derechos Humanos, Amnesty, Greenpeace bregan por la toma de conciencia de nuestra interdependencia..

-Se están dando nuevas colaboraciones entre religiones.

Precisamente en la manera de tratar al Otro religioso se ve claramente que la cosmopolitización no opera en ningún lugar innoto, abstracto o global sino que ocurre en nuestra subjetividad, en lo más íntimo de los seres humanos, o sea en su relación con Dios, con el mundo y consigo mismo.

La cosmopolitización religiosa hoy tiene dos cuestiones que litigan entre si: el auge de los fundamentalismos y la pugna por un Dios Personal.

Las Iglesias fueron las primeras grandes pólizas de seguro contra la extinción de la vida al prometer la vida eterna. En la alta Edad Media la muerte era una mera transformación en la vida de verdad, la vida de todos, en y con Dios. La muerte significaba rendir cuentas personalmente ante Dios. Y de este modo fue como comenzó el pecado original del individualismo: como una exigencia de la Iglesia. “Salva tu alma, cumple los mandamientos, ve y reza a Dios”. Almas salvadas, tranquilizadas e individualizadas en lo personal. Mientras tanto las religiones a nivel social iban dando muestras de intolerancia.

Un Dios personal no es sinónimo de anarquía porque siempre deberíamos garantizar la individualización institucionalizada que implica una lucha histórica por la tolerancia religiosa, por los derechos fundamentales civiles, políticos, sociales, y fundamentalmente por los derechos humanos que deben garantizar al individuo su libertad.

La idea del Dios personal está basada en la idea de la sacralidad del individuo, base de la individualización y base de la idea en donde el hombre se ha convertido en un Dios para el hombre. Habermas plantea este concepto de una “transposición salvadora” que ciertamente ha transformado el sentido originariamente religioso.

Lutero es quien consigue cimentar la libertad de la fe subjetiva frente a la ortodoxia eclesiástica mediante la conexión del “Dios Uno” con el Dios “de uno”.

Quien sustituye la jerarquía eclesiástica por el yo como fuente de certeza de la fé no sólo efectúa un cambio de perspectiva, sino, por así decirlo, un cambio de mundo. La “Instauración del Reino de Dios” desde el renovador mensaje de Cristo ya provoca una interesante “anarquía sagrada”:

En el Reino de Dios “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”

Los privilegios serán para los leprosos, los sordomudos, los ciegos, los epilépticos y los paralíticos. Las prostitutas gozarán de un trato preferencial

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