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Cultura y subjetividad

por: Gustavo Falavigna

SUBJETIVIDAD Y CULTURA

En los comienzos del psicoanálisis, en las postrimerías del siglo XIX, luego de "la muerte de Dios" -proclamada con tono irónico y trágico por Nietzsche en “Así habló Zaratustra”, el sujeto se encontraba sin certezas, sin una verdad total, desgarrado, con una conciencia culpable y, a la vez, con una tremenda nostalgia por lo absoluto y una cierta desesperanza de reencontrarlo.

Que estuviese desesperanzado no llevaba a este sujeto a cuestionar que, en algún origen, lo absoluto era un lugar que él había habitado.

Su conciencia culpable era una evidencia de lo que él había hecho para perder el Edén. Si lo había perdido, entonces el Paraíso había existido y, en esta o en otra vida, era posible recuperarlo. Había en este sujeto el supuesto de haber sido libre y feliz y de, por algún oscuro error o felonía, haber perdido ese estado de gracia. Umberto Eco habla de esta "obsesión laica" aun en los no religiosos.

Ese sujeto sin certezas, sin verdades, culpable, brotó en el inmenso vacío que dejó el desecamiento del lugar central que había ocupado la teología.

La neurosis, tal como la entendía el psicoanálisis, era una solución a este dilema. Y, en el centro de la cuestión del sufrimiento neurótico, el psicoanálisis planteó: interrogar al sujeto, sin proponerle un camino que le devuelva el cielo. Cuando la paciente Dora le cuenta a Freud sus desventuras -el asedio amoroso por parte de un hombre, en complicidad con su propio padre-, Freud le pregunta: "¿Qué papel tiene usted en esta historia?" . Esta pregunta, que buscaba la respuesta en el interior del sujeto -y no en lo que le hubieran hecho-, encontraba un nicho donde alojarse en la conciencia culpable de ese sujeto de finales del siglo XIX.

La pregunta que interrogaba la conciencia culpable de un sujeto fue muy eficaz a la hora de explorar el modo de sentir y de pensar humano, abriendo una notable grieta en ese absoluto. Lo que Freud le proponía a Dora era explorar cómo pesaba  ella en el  padecimiento que tenía; no le prometía redención ni salvación.

Nuestra mente, aunque no esté habitada por ideas religiosas, tiende a pensar con un criterio religioso.

George Steiner -en cinco conferencias radiales que dio en 1974 en Canadá- postula que el hombre contemporáneo, frente al vacío dejado en la cultura occidental por la decadencia de los sistemas religiosos, ha adherido a "mitologías sustitutivas": el sentimiento de absoluto tiende a recuperarse en el uso que se hizo de la filosofía política de Marx, del psicoanálisis de Freud y de la antropología de Lévi-Strauss, que, a juicio de Steiner y en relación con el uso que les dieron los mass media, han tomado la posta oficiando como mitologías sustitutivas.

Steiner postula que estas mitologías logran su efecto en tanto cada una de ellas arbitra como una doctrina o cuerpo de pensamiento que tiene como primera característica la pretensión de totalidad; en tanto dan "un cuadro completo del 'hombre en el mundo'". Cada una de estas mitologías produjo en algún momento una revelación crucial a la que se le ha otorgado la capacidad de definir todo el sistema; ese momento se conserva en textos canónigos. Pronto hay rupturas que toman la forma de herejías, las cuales producen submitologías rivales; entre ortodoxos y herejes hay enemistades encarnizadas.

Un tercer elemento de estas mitologías es que desarrollan un lenguaje propio, un conjunto particular de imágenes emblemáticas.

En desmedro de lo que traen como nueva visión, estas mitologías son usadas como sistemas que transparentan todo, no dejan recoveco sin develar. Sus textos pasan a ser sagrados y su práctica se llena de gestos cruciales, transcurriendo en una realidad que para esa mitología se exterioriza como obvia.

Steiner no cuestiona el valor que tiene la teoría de la plusvalía de Marx, o las consideraciones psicoanalíticas sobre lo inconsciente, o la estructura del parentesco pensada, en Lévi-Strauss, como un sistema de intercambio.

Él quiere llamar la atención acerca de cómo la nostalgia por lo absoluto es, en el imaginario social, tan profunda que la mayoría de las personas hace un uso de estas teorías que les permite pensarlas como demostraciones absolutas.

Se las usa como sistemas de creencias, los cuales entonces ofician como profecías que dan garantías universales, perdiéndose lo que cada uno de estos rumbos de pensamiento traía de innovador al promover nuevas preguntas.

Diversos ensayistas de la posmodernidad -como Jean-François Lyotard en “La condición posmoderna”, Jean Baudrillard en “L'Echange symbolique et la mort,” Gilles Lipovetzky en “La era del vacío” o Alvin Toffler en “La tercera ola” proponen que hemos entrado en una sociedad posindustrial, lo que ha originado cambios en los modos de producción, cambios en la producción del saber, cambios en los paradigmas sociales y cambios en la subjetividad.

Lyotard  estima que, en esta transformación, "todo saber que no pueda ser traducido en cantidades de información será dejado de lado; más aún, las nuevas investigaciones se subordinarán a la condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un lenguaje de máquina". Y pronostica que habrá profundos cambios en la relación del sujeto con el saber: el principio de que la adquisición del saber es indisociable de la formación del espíritu caerá en desuso; el saber se producirá para ser vendido, se valorará en tanto producto a ser consumido y útil para una nueva producción; será un bien de cambio. Dejará de ser en sí mismo su propio fin y, en consecuencia, perderá su "valor de uso", pronostica por su parte Jürgen Habermas. El saber será mercancía informacional.

La mercantilización del saber lleva a privilegiar una ideología donde el progreso está dado por mensajes que circulan rápido, son ricos en información y son fáciles de decodificar. Este saber "útil" tiende a ocupar casi todo el escenario en detrimento del saber "narrativo", que sería el que provee el psicoanálisis. El saber "útil" aparece legitimado por su íntima relación con el poder. El saber es poder.

El desierto emocional del individuo posmoderno es distinto al desgarramiento del sujeto de fines del siglo XIX, luego de la muerte de Dios nietzscheana. Afirma con ironía Lipovetsky: "Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo". Los individuos aspiran cada vez a un mayor desapego emocional, a no sentirse vulnerables; tienen enorme miedo a la decepción, entendida como eso que se traduce a nivel subjetivo en lo que se ha llamado "la huida del sentimiento". "¡Si al menos pudiera sentir algo!" es la fórmula que traduce la desesperación de este sujeto posmoderno.

No hay reunión científica en la comunidad psicoanalítica donde no se precipite en algún momento la pregunta: ¿ha cambiado el desgarrado sufrimiento neurótico del sujeto que atendía Freud por este individuo indiferente que sufre porque no siente y, si siente algo, es el vacío?

Debiéramos reconocer que ha habido un cambio en la demanda. La mayor problematización de la demanda tiene, sin duda, orígenes en variaciones en los paradigmas sociales, pero también se han dado transformaciones en la subjetividad. Estos cambios han llevado, a juicio de Elisabeth Roudinesco, a privilegiar un "sufrimiento psíquico que se manifiesta hoy bajo la forma de la depresión", en  detrimento del sufrimiento de la histeria, que "traducía una contestación al orden burgués que pasaba por el cuerpo de las mujeres".

La posmodernidad ha exacerbado actitudes individualistas y ha ido produciendo una pérdida de lo colectivo como valor cultural; valor que en las décadas de modernidad había desarrollado profundas creencias en los movimientos sociales, en las ideologías políticas y en las causas comunes. Los valores colectivos sumados a los valores y creencias familiares aseguraban en los jóvenes procesos de individuación que podían estar en consonancia o en oposición con lo transmitido por los mayores o por las ideas imperantes a nivel socio cultural. Se  podía elegir  la derecha o la izquierda pero esto aseguraba el vínculo con el otro, el tipo de trato y por sobretodo el reconocimiento del otro lo cual sentaba bases firmes para el proceso de identificación de las nuevas generaciones. Actualmente estas nuevas generaciones están en riesgo de masificación: la mimesis con las exigencias del mercado consumidor en cuestiones de objetos a poseer, modas, turismo, diversiones, libertades individuales, no aceptación de límites en cuestiones sexuales y una profunda convicción de que el accionar privado es omnipotente.

El individualismo hace perder los valores de la solidaridad, de la cooperación y además el disfrute del reconocimiento y de la mirada del otro. El accionar público corre el riesgo de significarse con pobreza, con necesidad, con violencia, inseguridad, y hasta con incapacidad. (Piqueteros? Docentes huelguistas?).

Al perderse la utopía de la revolución como moral de realización colectiva va surgiendo un creciente desinterés por las transformaciones sociales o colectivas y cada habitante puede correr el riesgo de una gran exclusión en la privacidad y también un grave riesgo de no poder participar en la conducción del proceso de cambio que actualmente es arrollador y vertiginoso.

¿Podremos convertirnos en ciudadanos que han perdido sus virtudes públicas?

Si bien los románticos y los revolucionarios modernosos se inscribían en los movimientos sociales con enjundia creían en la privacidad del ser humano, lugar de intimidad para sus reflexiones, sus afectos y su vida privada. El posmoderno en cambio muestra o exhibe sus rasgos narcisistas, sus debilidades, su falta de solidaridad, su descreimiento, sus temores, sus extravagancias y hasta sus globalizadas perversiones.

Durkheim estaba convencido que la vida psíquica de un individuo era un bastión inexpugnable de individualidad que podía soportar los embates de la vida colectiva o social para seguir siendo singular y autónomo, es decir con personalidad propia. Esta individualidad propia estaba constituída por representaciones internas, sentimientos y tendencias relacionadas con el cuerpo y su sentir, que podían volver inalienable cualquier intento del estado social.

Freud en cambio creyó falsa la antinomia individuo vs. sociedad y aceptó la mutua influencia. El lazo social es integrado en la apropiación de la cultura en la subjetividad singular o también para él podía darse una exacerbación narcisista sobre el propio individuo con fallas en la integración del lazo social y una pasión muy narcisista por si mismo. Actualmente muy influídos por los medios de comunicación se advierte el narcisismo concentrado en el individuo, con las pérdidas de las formas clásicas de sociabilidad, con el aislamiento de los individuos consecuente y el despliegue de modelos de sensibilidad  masivos transmitidos por los mismos medios.

La espectacularización de la realidad, la sobrevaloración de la puesta en escena y una estética valorada en demasía pueden leerse como modos de una civilización desertada de sus ideales (Lyotard:”Moralidades Posmodernas”).

Señales de la espectacularización de la realidad:

- Aparatos que permiten sustituir encuentros personales.
- Individuos cautivados por el mundo de las imágenes.
- Puestas en escena que nos hacen ver una realidad para ocultar otra.
- Configurar realidades muy crudas como meros espectáculos.
- Masificación consecuente de la simulación y de la mimesis exagerada.

La subjetividad individual propia y  previsiblemente la del otro necesita del lenguaje como forma de relación social para construir creencias, ideas, significaciones y para crear sentido.

Nos vamos apropiando de nuestra subjetividad desde los primeros años y permanentemente gracias a la relación con el otro que nos reconoce, nos nombra y  nos incluye en su discurso.

Somos res social  y no somos sustancia autónoma por eso se nos clasifica en género, origen y generación. Sin embargo la palabra y lo simbólico nos construyen individuos ya que nos separan del grupo y nos hacen ver lo propio en cuanto a intimidad y a propiedad privada.

Lo privado cualifica y marca diferencia con el que no tiene lo que yo tengo. Lo público y lo comunitario se conceptualiza como lo opuesto a lo privado propio: “Lo privado es mi dominio y es mi libertad”. “Lo público es lo político, lo jurídico, lo limitante, o sea lo que marca lo excluyente y lo incluyente”. En definitiva lo público es el mercado, lo contenedor y fuera del mercado no existo ni como individuo ni como ciudadano, para pasar a ser una masa indiferenciada o un  excluído social. Por eso la individualidad siempre refiere a lo público (no a lo interno) y desde alli lo público modifica lo privado. Todo cambio en una esfera modifica a la otra.

Los poderes globales no nos han conducido a un mayor desarrollo de nuestra autonomía, ni han evitado nuestra masificación habiendo dificultado la construcción de nuestra identidad.
 
Según Simmel hay una “cultura de objetos” muy incrementada por la posmodernidad que es una
cultura de desarrollo de objetos científicos, artísticos y comerciales. La otra cultura es “la cultura de sujetos” enriquecidos por la reflexión, por conocimientos del universo del otro y de uno mismo y por una cosmovisión del mundo en si.

La posmodernidad ha incrementado la cultura objetiva en detrimento de la subjetiva con graves consecuencias socioculturales como la espectacularización de la realidad, la masificación globalizada y la fragmentación de la persona, fenómeno que se ve más en la vida urbana.

Cada vez hay menos puente y la puerta de la intimidad está cerrada. Se vuelve difícil circular en los dos sentidos con clara conciencia por la masificación y por la confusión. Tampoco el hombre de hoy puede manejar lo que está afuera de si y ya no tiene libertad de puentear entre lo interno y lo externo pues sufre cerrazón e impotencia frente a los problemas y a los poderes globales. El ámbito de lo privado constituye un interior subjetivo, creativo, propio de la singularidad de cada uno. La intimidad siempre unida al ocultamiento del cuerpo, del sexo y de las funciones corporales requiere la aceptación de la privacidad y puede ser y necesita ser apoyada por el afuera. Recordemos que la intimidad, la propiedad privada y la intimidad son prohibidas a los presos y en otras instituciones como castigo al individuo institucionalizado.

En la cultura de hoy el cuerpo, el sexo y la privacidad se han constituído objeto de espectáculos públicos, tanto la intimidad de un líder como la de un desconocido. Estas exhibiciones no son tradicionalmente perversas sino que son el fruto de una subjetividad transformada en objeto de valor público.

El sentido de lo colectivo para esta subjetividad termina siendo la afirmación pura de la propia subjetividad.

Sennet ha señalado que la desnudez, la transparencia y el develamiento de la intimidad actual en algunas personas habla de la necesidad de no cargar con ella y sacársela de encima para que el otro la sufra transformando a lo social en un ámbito personal.

Ser empresario de uno mismo.

Las clásicas oposiciones de género, de clase  y de generación imperantes en la cultura de la modernidad se aprecian crecientemente desdibujadas.

Ya el empresario no es un patrón explotador sino un exitoso capitalista que puede ser modelo de realización personal y lo que antes podía ser una consideración colectiva social ahora pasó a ser considerada del ámbito privado. La empresa también deja de ser entendida desde paradigmas sociales ampliados para ser entendida como resultado del ingenio y el tesón de una familia o de una persona. Esta cultura posmoderna nos  hace reconocer y sentir la incertidumbre y la complejidad llenándonos de temores consecuencia de cierta impotencia social pero nos convence que somos empresarios de nosotros mismos y que ya no hay ideales de “sociedad sin clases, ni de sensibilidad igualitaria, ni compromisos solidarios, ni Estado protector”.

El riesgo es ser masa excluída del mercado por lo tanto debemos inventarnos un presente y un futuro singular y cada cual generará su propio empleo y asumirá sus riesgos en empresas privadas que no le garantizarán salvarse de la pobreza. La incertidumbre social nos vuelve más individualistas tratando, de por lo menos, controlar nuestras vidas. Como siempre podremos identificarnos, quizás lo hagamos, con aquellos empresarios que se volvieron exitosos en dominar la competencia nuevo paradigma de la globalización.

Ser empresario de si mismo, competitivo y eficaz para una sociedad identificada con el mercado ya no es un problema de injustas plusvalías sino que es vivido como la solución mas adecuada para ser alguien, para evitar la exclusión, la pobreza y para no ser alcanzado por las desigualdades de todo orden. Ah, todavía quedan vestigios de solidaridad cuando hablamos de “espíritu de empresa”...

El paradigma de la competencia generalizada produce una subjetividad ligada a nuevos valores que habrán de expresarse en diversos ámbitos de la vida (el rating y los conductores mediáticos, los deportes y sus campeones, los concursos de belleza y sus modelos) y a través de identificaciones varias( ropa y calzado, delgadez, aspecto) que dan consenso y que enriquecen el imaginario competitivo, lógica compleja de lo social  que estimula la empresa como valor social  y al consumo como motor de realización personal sumado a esto de ser alguien autónomo, libre, participativo y competitivo.

Consumo y realización personal.

El desarrollo industrial produjo toda clase de objetos para cada necesidad del consumidor, pero también desarrolló en los hombres la necesidad de consumirlos y la marca del nivel social a que pertenecen según el nivel (léase el costo) del artículo consumido. Los rasgos nuevos del consumo producen rasgos nuevos de subjetividad y nuevas necesidades cuya satisfacción se procurará o no en un acto de libertad individual al decidir el consumo o el no consumo y el nivel en el que ese acto me coloca.

Los objetos del mercado nos igualan, nos masifican, pero nos hacen creer libres y diferentes.

La nerviosidad posmoderna.

La aventura de la competencia en que ha devenido la vida junto a la desprotección del Estado hacia los carenciados o menos aptos y la terrible degradación de la clase media ha generado nuevos modos de sufrimiento subjetivo englobado en depresiones, ansiedades, pánicos e inseguridades. La dependencia del Estado asistencialista se intentó modificar exitosamente por la consigna seamos empresarios de nosotros mismos, consumamos y no quedemos excluídos del mercado.

Estas ideas liberales se dieron de bruces con el incremento de la nerviosidad individual, con la profundidad del escepticismo y de las depresiones, con el irrefrenable consumo de psicofármacos y con el pavor que causa el aumento de violencia familiar, social.
 
En Francia en 1980 se consumen: 113.400.000 de comprimidos.
En 1986: 164,600.000
 
El incremento del consumo de psicofármacos, más
_el auge de la nerviosidad pública o privada, más
_el debilitamiento de las relaciones afectivas, más
_la depreciación de la solidaridad colectiva y privada
habla de una subjetividad que cree:
que las drogas sirven para
_seguir adaptado socialmente,
_integrado al mercado competitivo,
_soportando cuanta presión nos venga del afuera,
_seguir siendo exitosos y evadirnos de la tensión.

El opio y los alucinógenos fueron drogas de los hippies clandestinas y marginales censuradas social y legalmente.

Hoy los psicofármacos son drogas legitimadas por la ciencia, por la industria farmacológica e inscriptas en la lucha por la salud mental. La cocaína y la marihuana  están en vías de legitimización subjetiva pues son usadas por los triunfadores mediáticos y les sirven para estar en el éxito, en los medios y para soportar todas las exigencias de la integración social exitosa.

Responsabilidad cabe a los psiquiatras en el tema del auge de los psicofármacos, ya que con ellos comenzaron por fin a “curar algo” sin que el paciente debiera reflexionar sobre lo que le ocurría pero posibilitando a partir de la clorpromacina de Laborit una cierta integración social del paciente.

La sociedad se ha vuelto paliativa para con dicho paciente y nos ofrece gracias a las utopías del progreso: psicofármacos para el nerviosismo; Internet para la pérdida de vínculos sociales, Tv y videos para el aburrimiento, turismo para recreos que nos permiten escapar de la realidad tensionante.

El prozac “droga milagrosa” construyó un imaginario nuevo: la depresión y todas sus máscaras son responsabilidades personales absolutamente tratables por la ciencia y la tecnología que sin embargo van generando nuevos paradigmas o formas de trabajo que vuelven precario cualquier empleo e insegura o difícil su mantención. El desempleo amenaza a obreros o a ejecutivos; el estrés es sentido en todos nuestros cuerpos y existen nuevas fronteras entre los individuos y la sociedad: “ser uno mismo” y a la vez “no ser más que eso”.

El nuevo terror a la exclusión social.

Las formas actuales de inclusión social dependen crecientemente del éxito personal  y ya no tanto de la participación  en los diversos colectivos sociales, y esto genera un repliegue sobre si mismo en el imaginario social. Esto repercute en el dirigente sindical, en el político tanto como en el empleado y cada uno se vuelca sobre sus propias necesidades y apetencias de ascensión social, perdiendo su vocación de servicio y de trascendencia que suponen la pérdida de una ética que lleva a la corrupción.

Las ideas de Nación o de Pueblo o de regionalismos que aseguraban  la ciudadanía, el reconocimiento identitario y la cohesión social ha ido cediendo paso a una sociabilidad basada  en rasgos particulares ( movimiento de mujeres, piqueteros, ex alcoholistas, villeros, gays y lesbianas) que funciona como apaciguadores de lo social y mediatizadotes de su resentimiento por el riesgo de la exclusión social. Estos neoagrupamientos comunitarios sumados a un individualismo exacerbado constituyen datos de la nueva conformación social.

Todos somos jóvenes o el borramiento de las diferencias.

La capacidad competitiva exige estar en forma para no perder la inserción en los intercambios sociales y los cirujanos plásticos ayudan cada vez más a esto. Pero hay también un bisturí que produce borramientos notables en el imaginario social, sobretodo en tres áreas:

"borramientos de clase social
"                         de generación
"                         de género

Tres  cuestiones que nos daban un lugar en el mundo, jerarquizaban y definían los modos de intercambio en las luchas por el poder, organizando la estructura social.

Hoy se tiende a una sola clase social, la del empresario o la del consumidor.

En cuanto a generación, el modelo hegemónico es el de ser Joven.

Y en cuanto a género se van borrando las diferencias para asentarse más en la hibridez del púber.

La juventud ha devenido un modelo eterno que exige toda clase de sacrificios para no ser excluídos; terror que se vuelve masificante y que estimula a apoderarse de los símbolos que nos garanticen ser reconocidos como tales, ya sea en la puerta de un boliche o cuando vamos a buscar trabajo.

Las familias fueron las primeras en percibir que no era en su seno que los jóvenes pudieran apoderarse de esos símbolos, sino que esos solo podían ser difundidos por los medios de comunicación.

Un nuevo espacio para una nueva sociabilidad.

El estilo collage o el pastiche homogeinizan formas hipermodernas con reconstrucciones de viejos paradigmas que al sumarse favorecen la mezcla, la indiferenciación, la libertad de opción perdiéndose la cultura de elite y  generando un populismo estético que favorece el consumo masivo de todo objeto estético:"A cada cual lo que le guste sin importar el contexto".
 
(“Los zapatos” de Van Gogh y “Los zapatos de polvo de diamante” de Andy Wharhol).

Este giro hacia el dominio del espacio y de la superficialidad acompaña a una subjetividad menos volcada a valorar lo histórico, lo identitario cultural propio, que lo anónimo y lo pasajero.

(Ver “Luna de Avellaneda” de Juan José Campanella).

Las vicisitudes de la identidad.

Las nuevas identidades son frágiles, efímeras y la fragmentación es su rasgo dominante. La identidad burguesa que alimentó al psicoanálisis basada en apego y pérdidas reniegan del apego y de las pérdidas y construyen su ilusión de identidad en el cambio, en reverenciarse en la posesión de objetos y en la renovación de lo descartable. La identidad tiene la fragilidad y la duración de esos objetos de consumo, o sea tiene la vivencia de estar provisto o desprovisto sin duelos ni identificación.

La subjetividad no es nunca autónoma ya que depende siempre de otro. Esa alteridad esencial le hacía decir a Sastre “el otro es el infierno” pero no existe la vida sin la relación con él. Las depresiones son  siempre sufrimientos por la posesión o por la pérdida de ese otro.

Bibliografía clave en este tema:

"Un horizonte incierto" de Emiliano Galende en  Editorial Paidos.

Filmografía cercana al tema:

"El método" de Marcelo Piñeyro.
"Closers" (Llevados por el deseo) de Mike Nichols.
"Charly y la fábrica de chocolate" de Tim Burton.

 

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